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Me bebí a mi Media Naranja

Gracias por su voto.

La vida solo le había dado limones y algún pomelo, encima, siempre estaban a medias. Así que buscaba desesperadamente esa mitad que le faltaba para poder convertirse en una naranja completa. Solo una podía ser la elegida, no una cualquiera, ni siquiera una dulce mandarina. Debía encajar a la perfección con su espíritu lleno de vitamina C, ¿me estaría buscando a mí?.

Me sentí como un villano al exprimirla

Imagen ubicada en Pinterest

Ahora, echando la vista atrás, me arrepiento, pero aunque pudiese retroceder en el tiempo, las cosas no habrían salido de otra manera, porque era yo a quien buscaba. Pero me la bebí, así sin más, casi de un solo trago, refrescante, ligeramente ácida. Tenía tantas ganas de que la deseara que lo hizo demasiado bien, exprimí su jugosa alma hasta el final, no di opción a que me amargase ni por un instante.

¿Cómo pudo encontrarme entre otras 7.000 millones de medias naranjas?, y lo que es más sorprendente, ¿cómo pudo elegirme?, le hubiese ido mejor con un injerto de limón con cactus, sin embargo, el dardo de Cupido es infalible.

Yo me había bebido muchas otras medias naranjas en mi vida, de bote, al natural, en refresco, cócteles, con hielo, granizado y otras muchas formas que ahora no quiero recordar. No me siento orgulloso de muchas de ellas, pero esta vez fue diferente, su zumo fue el más delicioso y el que peor me ha hecho sentir hasta el momento, que ¿por qué?, pues simplemente por que una mitad que se ha separado es prácticamente imposible volverla a unir. Cuando te parten en dos, hay algo que se pierde en el proceso y por mucho que lo intentes, la unión es como pegar una porcelana con pegamento, se notan las costuras.

Ella provenía de una buena variedad de naranja navel muy exquisita, aunque no era la recomendada para hacer zumo, porque al rato amarga, pero si te la tomas en el instante, es de las mejores sensaciones que existen. Mi media naranja vivía entre naranjos, no podía ser de otra manera, rodeada de otras medias naranjas que la cortejaban constantemente, agasajada por flores de azahar, caricias de suaves peciolos e insinuantes hojas, a veces aduladas por el haz y otras por el envés de una permanente brisa mediterránea. Pero ella ya se había decido hace mucho, ¿por qué me elegiría?

En mi defensa diré que nunca la engañe, desde el principio le conté que no le convenía, que hacía mucho tiempo que dejé de buscar el grial de la media naranja y que me había convertido en un exprimidor, prácticamente de tipo industrial, de los que trabajan en turnos de 20 horas (solo necesito 4 horas para dormir). Yo sabía igualmente que ella era efectivamente mi mitad, pero le dije que aunque fuese ella mi media naranja, la exprimiría de igual forma que a las demás. No me escuchó, el deseo de llenar ese hueco incompleto, a ese ser que la completase, era tal el anhelo que empleó todo su arsenal, carne jugosa, aroma cítrico, piel butano y no iba a ser yo el que pondría resistencia.

Al igual que en la fábula del escorpión y la rana, hice mí cometido sin otra opción que hundirnos ambos en lo más profundo del abismo. Ella se entregó sin derramar una lágrima, la espachurré, se quedó completamente vacía en menos de un minuto y yo me quedé medio lleno.

Y eso fue todo, sigo medio lleno y el zumo nunca me sabe a poco. Ahora sé con certeza que nunca cambiaré.

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Esto ha sido un mini-relato de redacción propia.
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